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Muse se lo lleva de calle en el Xacobeo… sin platillos volantes

El grupo de Matthew Bellamy ofrece un concierto intachable aunque sin su montaje habitual en el festival Xacobeo 10. Por Tito Lesende

Muse se lo lleva de calle en el Xacobeo… sin platillos volantes

Festival: Xacobeo 10.
Lugar:
Santiago de Compostela (A Coruña).
Día:
27 de agosto de 2010.
Cartel:
Muse, Pet Shop Boys, Jónsi, The Right Ons...
Precio de la entrada:
33 euros.
Asistencia:
25.000 espectadores (lleno total).

 

A la hora del té, la cuesta arriba que conduce al Monte do Gozo compostelano es una riada de gente bajo un cielo permanentemente sospechoso. “Hoy va a molar, tío: ¡Hoy es el día!”, grita jubiloso Diego, roquero de perfil heavy, mientras busca su puerta cubata en mano. Sí, hay expectación: el festival Xacobeo 10 se presenta como la gran cita lúdica del año santo en Galicia. El poder de convocatoria de Muse hizo que se despacharan las 20.000 entradas disponibles (otras 5.000 invitaciones redondean el aforo de 25.000) en menos de una semana. Cuando se anunció la compañía de los británicos (Pet Shop Boys, Jónsi y The Right Ons), ya casi daba igual.

Con la apertura de puertas, a las 6 de la tarde, entran en tromba los primeros miles de personas, los inquietos, los fans. Primera visual y, vaya, ¿dónde está el apabullante escenario piramidal de Muse? Parece que esta noche vamos a tener que conformarnos con algo más discreto. El montaje es importante: tablao de dimensiones considerables; iluminación que se presume lujosa; acaso, unas pantallas como celdas de colmena. Está muy bien, sí. Pero, claro, no es la pirámide.

Todo va según el horario previsto: antes de las 8 ya están sobre el escenario The Right Ons, la banda gallego-madrileña, para dar caña a su Look inside now. Desde el principio, buen sonido. Merece la pena resaltar esto; el Monte do Gozo es un anfiteatro al aire libre de complicada sonorización (los Red Hot Chili Peppers lo sufrieron hace unos años). Pero hoy, todo OK. The Right Ons ejecutan un directo enérgico, entregado, retro, garagero y de mirada negra que termina con Álvaro, su cantante, lanzándose al público con la bandera gallega; viniéndose arriba, el tío, por derecho y dándose un baño de masas. El clima es inestable y el aforo supera ya la media entrada.

DJ Poti anima el cambio de escenario. Más anima un joven con camiseta Ben Sherman a listas, que interpreta para sus amigos del foso una lúcida rendición de Mi carro, el clásico de Manolo Escobar, en onda indie. La canta así: “My car, my car they stole it / Last night when I was sleeping”. Y así.

En estas, sale Jónsi y empiezan a funcionar las luces. El cantante de Sigur Rós se presenta en quinteto acompañado, entre otros, por un batería calvo ataviado con corona de rey mago y un bajista con la capota capilar del chico de Cuéntame, Dios-me-perdone. Visten raro y con cintas de colorines colgando, y la gente lo comenta. No les llamamos excéntricos porque son islandeses, y eso convalida. Por cierto, la banda de Jónsi es excelente. Él canta con el dramatismo usual, la sensibilidad a flor de piel y en plena forma. Se basan en su lanzamiento más reciente, el estimulante Go, para defender un repertorio rico e intenso que hubiese lucido más, quizá, en un recinto techado. Unas chicas juegan a las cartas en la grada y es una pena, porque lo de Jónsi es precioso.

A las 10:30 en punto, con el recinto hasta los topes, comienza el concierto de Muse. Ya lo hemos dicho: esto no es el show del Vicente Calderón. ¿Cómo resolverán Matt Bellamy y sus dos socios sin torres ni pirámides ni, en definitiva, el aparataje habitual? Una cosa sí funciona como en Madrid: el público, entregado y fiel. Una peña de filiación diversa que constata, desde la obertura inicial, la pegada del trío de Devon. Cuando llegan el himno The uprising y Supermassive black hole, la visión desde la ladera del Monte do Gozo es espectacular. La banda suena incontestable, como un tiro, y el foso responde, puño en alto, como un solo hombre. Con este percal, acometen Guiding light, que es como U2 con solo de guitarra de Brian May, y Muse se certifica como grupo de estadio. Lo mismo, pero elevado al plano épico, con United States of Eurasia, ahora sentado Matthew al piano. Esa onda Queen, ya sabes tú. Luego, se agarra a la guitarra de doble mástil para atacar Resistance, que el público corea como se corean los éxitos. Aunque, hay que decirlo ya: la frase inicial de piano recuerda a los Camela, y no hay más perro que ladre.

De súbito, abordan al cronista una tal Noe y su chico. Ella, simpática y vestida con gabardina roja, se ofrece a dedicarme un autógrafo y me lo dedica. Se están yendo. Dicen que ellos son más de Arcade Fire, que volverán la próxima semana a Santiago a ver a los canadienses. Dicen que hoy están aquí porque a alguien le tocaron unas invitaciones que sorteaba un supermercado patrocinador del festival. Confiesa Noe que ella lo flipaba con Muse en 2004, cuando los ingleses pisaron por primera vez este escenario. Entonces no era la banda masiva que hoy es, pero apuntaba maneras muy seriamente. “¿Por qué no te gusta ya Muse?”, le pregunto. Y ella, sin perder la sonrisa, resume mucho: “Porque se están volviendo unos pesados”. Y abandona el recinto.

Noe es la excepción; mientras se las pira, 25.000 personas lo dan todo con Undisclosed desires. El ambiente es de celebración. Sonrisas y entrega total. Ni sombra del mal rollo que tenía la peña la noche de Springsteen, un año atrás. Esta vez, alguien ha hecho los deberes: ni se acaba la bebida ni la comida; ni te quedas fuera; ni te sientes como en medio de aquella estampida de bisontes que mató al papá del Rey León. La velada fluye. Puede que te tiren una cerveza, porque es cierto que hay emoción, pero la velada fluye.

Muse interpreta Time is running out, tema de Absolution (2003), que resulta uno de los más coreados de la noche, seguido de Starlight, otro momento U2. Antes de los bises, Plug in baby, recibida por el público con alegría y voces al viento. Sí, los temas añejos triunfan. Como en Madrid, salen los globos oculares y entonces recordamos que no hay escenario de pirámide y que tampoco hay platillo volante, etcétera. El show es rotundo, preciso, sin tregua y complace, sin duda, a la afición. Desprovisto de aquel apabullante montaje, el espectáculo pierde, claro. No puede ser lo mismo. Pero la mayoría del público congregado no ha podido ver antes a Muse en esta gira y, por tanto, no lo echa de menos. Se limita a disfrutar (mucho) lo que sí tiene: una banda que, ciertamente, lo hace que te cagas y suena como un disco pero con la energía y la dimensión del directo.

Para despedir, Knights of Cydonia y explosiones de humo. Los chicos dicen adiós con la mano, sonríen y, sin más, se van. Apenas un agradecimiento de Dominic Howard, el batería, en la primera parte del concierto. Muse no venía a hacer relaciones públicas, sino a ofrecer un directo triunfal, de lo mejorcito del panorama internacional en este momento. 90 minutos de reloj para un repertorio ganador interpretado con profesionalidad, tensión, ritmo y sentido del espectáculo para una audiencia vencida de antemano.

Terminado el bolo de Muse, comienza el éxodo. Aunque queda feo decirlo, los Pet Shop Boys cierran el escenario (vale, con permiso de los DJ) con un recital vistoso, colorista e imaginativo en lo visual, trufadito de éxitos en lo musical, pero ante un aforo ya mermado. La gente comienza a reponer fuerzas para el MTV Galicia, festival gratuito que presenta en este mismo recinto, el próximo fin de semana, a Arcade Fire, Echo & The Bunnymen, The Temper Trap y Cornelius 1960.

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sin comentarios | 28.08.2010
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