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El impasible Mark Knopfler aburre en Las Ventas

El "cirujano de la guitarra" escocés da en Madrid el concierto más aburrido del año. Los himnos de Dire Straits le redimen ante sus fieles, pero no justifican el desorbitado precio de la entrada. Por Jorge Arenillas

El impasible Mark Knopfler aburre en Las Ventas

Mientras los amantes de las corridas de toros (que no del toro en sí) sufren por la prohibición catalana, a mí me angustia que la crisis acabe con los conciertos en ruedos, sobre todo en el más emblemático, el de Las Ventas. Este año, sólo el incombustible Sabina y el impasible Knopfler se han atrevido a tocar allí: ambos tienen en común un público a prueba de discos insípidos, capaces de soportar lo que haga falta con tal de volver a entonar la media docena de himnos de siempre. Aunque las sillas en la arena reducían su aforo a la mitad y las gradas altas no estaban abarrotadas, impresiona el poder de convocatoria de Mark Knopfler: cerca de 10.000 personas pagaron precios que iban desde los 40 hasta los 100 euros por verlo anoche en Madrid.

Precisamente porque todos los espectadores tenían asiento numerado y remolonearon más de lo aconsejable en un macro-concierto, las colas a las puertas de la plaza seguían siendo largas a la hora prevista de inicio, las nueve y media. El público de Knopfler es maduro y algo pijo, sin exagerar. Todos rugieron emocionados cuando las luces se apagaron por fin a las diez menos diez. La noche estaba a punto de caer y el bochorno empezaba a darnos tregua.

Los espectadores se pusieron en pie para recibir a los ocho músicos. Los que estábamos en grada supusimos que eran ellos por eliminación, porque allí no había pantallas para corroborarlo: el que ocupaba el centro del escenario podía ser Mark Knopfler con una guitarra o tu cuñado sujetando una pata de jamón. En 2010, es casi una estafa que alguien se atreva a tocar en recintos de semejante aforo sin apoyo visual alguno.

Knopfler se sentó en el taburete al que su delicada espalda le tiene encadenado. Comenzaron con Border reiver (la primera también del último disco del escocés, Get lucky), buena muestra del folk atmosférico y celta que desgranarían a lo largo de la velada. Hablo de esta canción como podría hacerlo de cualquier otra, pues todas son fácilmente intercambiables. Los músicos sonaban bien, pero en absoluto a banda; mientras Knopfler no brillaba ni como cantante, desganado y afónico, ni como guitarrista: dicen que es un maestro con su instrumento y yo quise creerlo anoche, pero no lo conseguí.

La gente se esforzaba por acompañar con palmas, pero parecía que Knopfler tuviera horchata en las venas. Tardó tres canciones en dirigirse a sus fans para explicarles que el doctor le había prohibido bailar; no me quedó claro si esto último era un chiste, porque este tipo no hace música que invite a mover los pies (cuentan que, en los hospitales de los países tercermundistas donde no les llega para anestesia, duermen a los pacientes poniéndoles discos de Mark Knopfler…).

He aquí un artista que, de forma romántica, aún cree en las bondades de los solos. Como si estuviéramos en 1970, tal cual. Yo, la verdad, si quiero virtuosismo me pongo el dvd de Deliverance y me embeleso con el niño con síndrome de down tocando el banjo. En un concierto prefiero que la cosa fluya, que no se atranque, pero Knopfler no es de la misma opinión.

El nuevo baremo para medir el entusiasmo que despierta una canción es contar las luces de los móviles que tratan de grabarla: Romeo and Juliet hizo que se multiplicaran por dos allá abajo, en la arena. Al terminar, no quedó claro si la gente coreó “oé oé” de motu propio o porque Knopfler los animó a que lo hicieran acompañándolos con su guitarra. Para que la conquista fuera inapelable, siguieron con Sultans of swing; y juro que no digo esto por provocar, pero a mí me sonó como si la tocara la orquesta de una verbena. A la plaza pareció encantarle, que conste.

 

Incapacitado para darle ritmo al espectáculo, Knopfler dedicó cinco minutos a presentar a sus músicos como si leyera en voz alta el currículum de cada uno. Las pausas entre tema y tema también tenían un efecto mortífero. La guitarra española que tocó en Marbletown no ayudó a combatir el sopor, aunque su violinista inyectó algo de energía a la canción (los espectadores acompañaron con palmas una vez más). Hubo un amago de intensidad con Speedway at Nazareth, aunque sin sutilezas: subieron descaradamente el volumen para que los guitarrazos de la estrella arrancaran vítores. El bloque principal concluyó con la interminable Telegraph Road, que es “de las buenas” sólo porque pertenece a la etapa Dire Straits.

 

Conocedores del protocolo en los conciertos de Knopfler (algo ayudará lo inamovible del repertorio de una ciudad a otra), los fans corrieron entonces a ocupar la primera fila mientras el cantante se regodeaba con los aplausos. Volvió a sentarse para interpretar Brothers in arms y So far away, lo más parecido a hits que este hombre tiene en su catálogo. Malas no son, eso es verdad; pero uno puede ir haciendo la lista de la compra mientras las escucha. Los músicos (me resisto a llamarlos banda, en serio) se bajaron del escenario a las once y media, pero volvieron para interpretar un tema más, Piper to the end (casualidad o no, el último de Get Lucky). Su melodía es una auténtica nana con arreglos celtas que se eterniza durante diez minutos. Knopfler cumplió escrupulosamente el programa y concluyó con el decimocuarto tema. No es que yo deseara lo contrario, pero muchos albergaron esperanzas porque las luces tardaron en encenderse, así que continuaron jaleando. El anticlimático alumbrado de la plaza desbarató sin piedad sus ilusiones.

Mark Knopfler tiene uno de los peores directos del mundo, pero éste parece empeñado en seguir riéndole la gracia. Es deprimente que Patti Smith o Elvis Costello sólo convocaran a la quinta parte de espectadores la semana pasada en Madrid. Con los conversos no hay nada que hacer, así que esta crónica va destinada a aquellos que aún dudan si ir a un concierto del ex-cantante de Dire Straits: gasten su tiempo y su dinero en cualquier otra cosa, los amortizarán mucho más.

 

Foto: Ana Pérez

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39 comentarios | 30.07.2010
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Comentarios

ragus45
20.10.2011 | 14:26
ragus45

Pero que vamos a esperar de l rolling stone que en sus listas de los mejores guitarristas del mundo pone por encima a kurt cobain que a steve vai, por ejemplo... Hablan de musica sin saber de musica, como tradicion popular en España, hablar de lo que no se sabe...

juan
08.10.2011 | 01:21
juan

yo quiero escribir en la rollinstone!!!! escuche mas discos que este salame pero por el carajo

bonobunbury
18.08.2011 | 13:01
bonobunbury

la critica... sin comentarios... que poca profesionalidad y cuanto odio... por otra parte... incombustible sabina? peores directos del mundo mark knopfler???

Charly Serra
13.08.2011 | 15:39
Charly Serra

Esta claro que no sabes de lo que hablas, simplemente tendras envidia de Knopfler porque es mucho mejor que algunos de tus guitarristas favoritos y has hecho la critica para convencerte a ti mismo, si no, no lo entiendo. Y decir que Knopfler tiene uno de los peores directos del mundo es motivo de despido y vergüenza para ti jajajaja vete a ver a Rihanna para un concierto malo

Sin Registrar
04.07.2011 | 19:06

tu eres idiota o que te pasa como puedes decir que utilizan los discos de mark knopfler para anestesiar no se que países, Te recuerdo que es un tio que en toda su carrera ha grabado más de 30 albumes, y seguro que tiene más pasta que tu, el al menos se lo ha merecido con su musica, y creo que tu con articulos como este sguro que no te lo merecerás en tu puñetera vida

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