| 
La movida de los ochenta y, desde 1993, a los mejores DJs
del dance mundial: Richie Hawtin, Laurent Garnier, Carl Cox, Jeff
Mills, Francesco Farfa o Sven Väth. Para muchos es evidente
que Florida 135 vive hoy su máximo esplendor.
Juan Arnau Ibarz es hijo del fundador y tiene 76 años. Aunque
es su hijo Joan el que se encarga del negocio, siempre acude a la
discoteca: “Estoy aquí desde el 42, he visto el vals,
el pasodoble, el tango, el rock y ahora estamos con la cosa del
tecno, que me gusta mucho. Pero oigo otras cosas, suelo ir a la
ópera”. Dicen que es habitual verlo por el pueblo con
un walkman, escuchando house. “Me gustan Carl Cox, Laurent
Garnier… la música para bailar. Una vez regalé
a un DJ unos discos para que hiciera bailar a la gente. Pero me
hizo rabiar, no los puso”. Es afable, un viejo robusto que
habla golpeándome el brazo amigablemente. Sigo sin entender
cómo funcionó una sala de baile en la posguerra: “En
Fraga había una mina y los que trabajaban allí no
hacían la mili porque se sacaba carbón lignito, que
se usaba para armas. Hasta venían mozos de Barcelona a las
minas para librarse de la mili. Fraga estaba plagada de jóvenes
–había hasta cuatro cines y dos bailes– y muchos
no iban a las minas, se quedaban jugando al fútbol y yendo
a los bailes. Cuando llegaban los inspectores corrían a trabajar
y ni cabían en las minas”.
El exterior de florida no es un prólogo consecuente con
lo que hay dentro. Una nave industrial con una pintura de Nueva
York en la fachada, desconchada y gris, contrasta con la decoración
que creara el difunto Javier Regás (hermano de la escritora
Rosa Regás) en 1985: la sala principal es una calle de Nueva
York, una mezcla de West Side Story y Blade Runner. En medio de
la calzada, la cabina del DJ. A los lados, edificios con escaleras
que desembocan en barras, con balcones para bailar y ver la noche
desde arriba. Neones con palabras chinas, toldos, aceras, una hamburguesería
y la tienda en la que Pilar Durán vende ropa, abanicos y
llaveros. No le pregunto la edad porque soy un caballero, pero su
marido Juan tiene 76. Ha debido de ser guapísima porque sus
facciones la delatan. A las cinco de la mañana sigue sonriente.
La DJ Monika Krüsse hace retumbar los bafles. Pilar está
a diez metros de la cabina, en la tienda, que ha llegado a facturar
en una noche dos millones y medio de pesetas: “Ver a los jóvenes
disfrutar me encanta. Antes las mujeres no podíamos ir solas,
siempre nos acompañaba algún hombre que ni preguntaba
qué querías tomar, porque las mujeres no bebían
alcohol. Sólo gaseosa. Ahora hacen lo que quieren. ¡Si
me hubiera pasado a mí, con lo que me gusta bailar!”.
Hay otros espacios. uno psicodélico y hortera, con house;
un chill-out de rincones oscuros; otro minimalista, de teselas blancas;
y una terraza con música latina. Joan Arnau (hijo) está
intentando algo nuevo en la terraza: ha contratado camareros macizos
y camareras parecidas a diosas mitológicas en su morfología,
pero con dotes de actriz porno. Hablan y bailan con el público
y llevan tangas diminutos y aceite en el cuerpo. En esta terraza
todo es más convencional, como una discoteca de costa. Los
camareros hacen suspirar a las jóvenes y las camareras mueven
el culo a mil beats por minuto. Tres amigos, con camisetas que dicen
“pesca extrema”, lo tienen difícil. Las afroditas
están lejos de su alcance y sus iguales femeninos salivan
con los camareros. Pero no desesperan. Las camisetas los avalan.
Vuelvo a Nueva York y allí están Joan Arnau y su mujer
MĒ Cruz Lasierra. Él es alto, cráneo afeitado, bigote
y una sonrisa que se transforma en risa a la mínima. Ella
es la prueba de que este negocio mantiene a la gente joven.
Quizá ayude el talante: el trato con los empleados es muy
afable, incluso cuando no miro, y sorprende, porque trabajar en
la noche es estar con una mosca detrás de la oreja. Gente
como Antoniet –portero jubilado pero reenganchado por nostalgia–
hacen que sea más fácil. Joan nos lo cuenta: “Si
una chica necesita un támpax, ahí está Antoniet.
Si alguien se marea, le echa agua y le pregunta: ‘Venga, ¿qué
has tomado?’. Y como él, Francisca, que te cose el
pantalón si se te rompe”. Son 90 empleados. Esto es
como una casa enorme o una pequeña ciudad. Para Joan lo importante
es que la gente disfrute. Si bailan, es buena señal. Está
orgulloso de que Jeff Mills pase por allí todos los años:
“Mills es un romántico, un filósofo del tecno.
Le gusta venir. Cuando le dimos el libro –Florida 135, cultura
de club, de Mariano Gistaín– contrató a un traductor
para leerlo. Fuimos los primeros en traerlo a España, hace
ocho años. Una vez, en abril, hicimos que una de las salas
fuera como la feria de Sevilla. Tocaban Los Marismeños y
todo el mundo doblaba palmas y cantaba. Entonces lo metí
en el escenario. Tenías que haberle visto la cara”.
Después se descojona. A su padre le gusta, pero no entiende
que pida tres millones por sesión y tenga que viajar en primera.
Para él, la rentabilidad importa. Se da vueltas con las manos
a la espalda, paseando sus 76 años entre tangas y caderas
perfectas, sin inmutarse, despacio. Después comenta preocupado:
“Hay huecos”. Para su hijo Joan es un orgullo el pasado
de Florida 135, pero nunca mejor que ahora: “No he visto a
la gente disfrutar tanto como con la música electrónica.
Es fácil de entender. Un concierto de rock es igual aquí
y en Tokio. El DJ hace una sesión diferente cada vez. Un
DJ ve al público y decide. Si es más joven, o hay
más gays, se adapta. El mejor DJ no es el que pone mejor
música, es el que lleva mejor la sesión. Si a las
cinco de la mañana la gente empieza a irse, algo va mal”.
Sigo dando vueltas sin poder evitar ese fulgor extraño de
las copas y los cuerpos que me hace verlo todo como un sueño
del Gran Lebowsky. No suena Dylan, sino una versión house
del Clandestino, de Manu Chao. Un guardia de seguridad me adelanta
y se dirige a la terraza. Voy hasta allí: uno de los chicos
de la pesca extrema increpa a uno de los camareros. No habrá
aguantado la injusticia de no tener ni a las diosas ni a las plebeyas.
Vuelvo a la pista principal. La precisión con que la DJ mueve
a la gente es sorprendente. La calidad del sonido supera la de cualquier
otro sitio donde haya estado. Subo las escalinatas. Allí
me cruzo a Juan Arnau, paseando sus 76 años. Me sonríe
y sigue caminando, con las manos a la espalda.
Diccionario dance
Rave: Reunión ilegal para bailar al aire
libre. Por extensión, rave también se usa para las
reuniones legales.
House: Ritmo de baile derivado del funk, soul,
disco y el tecno-pop europeo. Surge a mediados de los ochenta en
Chicago y toma su nombre del local Wharehouse.
Tecno: Música industrial con el bombo más
acelerado que en el house. El tecno más simple y más
rápido es la llamada mákina o bakalao. Aunque con
influencias europeas, nace en Detroit.
Groove: En inglés, surco del vinilo. Define
la sensualidad en la música y, por extensión, en cualquier
cosa.
Cultura de club: Todo lo que rodea las sesiones
de un DJ. Desde las revistas especializadas a la ropa o las bebidas.
Para algunos, también se incluyen algunas drogas y hasta
una manera de correrse.
Groove Parade 2003
El 19 de julio Florida 135 celebra en el desierto de los Monegros
el Groove Parade, un día y una noche de electrónica.
Está a 12 kms. de Fraga, en la finca de la decana de la familia,
Joaquina, de 95 años. Ella rellena las bolsas de regalo a
los asistentes, introduce la piruleta y mete en los sobres los 6.000
flyers que se reparten. Arnau hijo: “Vamos a desayunar, como
un after, tras las sesiones en la discoteca. Empieza a las 6 de
la tarde y acaba a las 2 de la tarde del día siguiente. Este
año será el más completo hasta la fecha. Hace
tres años fue terrible, pero la gente lo aceptó bien.
Viento con arena. Es un desierto, hay que tenerlo en cuenta. Mills
tuvo que colocar plásticos encima de los discos. Por la mañana
a nadie se nos reconocía: todos marrones, llenos de polvo”.
Mills está este año, junto a figuras como Richie Hawtin,
Laurent Garnier, François K…
|