Rolling Stone
NÚMERO 45 .: JULIO 2003
 
 
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Florida 135

 

La movida de los ochenta y, desde 1993, a los mejores DJs del dance mundial: Richie Hawtin, Laurent Garnier, Carl Cox, Jeff Mills, Francesco Farfa o Sven Väth. Para muchos es evidente que Florida 135 vive hoy su máximo esplendor.

Juan Arnau Ibarz es hijo del fundador y tiene 76 años. Aunque es su hijo Joan el que se encarga del negocio, siempre acude a la discoteca: “Estoy aquí desde el 42, he visto el vals, el pasodoble, el tango, el rock y ahora estamos con la cosa del tecno, que me gusta mucho. Pero oigo otras cosas, suelo ir a la ópera”. Dicen que es habitual verlo por el pueblo con un walkman, escuchando house. “Me gustan Carl Cox, Laurent Garnier… la música para bailar. Una vez regalé a un DJ unos discos para que hiciera bailar a la gente. Pero me hizo rabiar, no los puso”. Es afable, un viejo robusto que habla golpeándome el brazo amigablemente. Sigo sin entender cómo funcionó una sala de baile en la posguerra: “En Fraga había una mina y los que trabajaban allí no hacían la mili porque se sacaba carbón lignito, que se usaba para armas. Hasta venían mozos de Barcelona a las minas para librarse de la mili. Fraga estaba plagada de jóvenes –había hasta cuatro cines y dos bailes– y muchos no iban a las minas, se quedaban jugando al fútbol y yendo a los bailes. Cuando llegaban los inspectores corrían a trabajar y ni cabían en las minas”.

El exterior de florida no es un prólogo consecuente con lo que hay dentro. Una nave industrial con una pintura de Nueva York en la fachada, desconchada y gris, contrasta con la decoración que creara el difunto Javier Regás (hermano de la escritora Rosa Regás) en 1985: la sala principal es una calle de Nueva York, una mezcla de West Side Story y Blade Runner. En medio de la calzada, la cabina del DJ. A los lados, edificios con escaleras que desembocan en barras, con balcones para bailar y ver la noche desde arriba. Neones con palabras chinas, toldos, aceras, una hamburguesería y la tienda en la que Pilar Durán vende ropa, abanicos y llaveros. No le pregunto la edad porque soy un caballero, pero su marido Juan tiene 76. Ha debido de ser guapísima porque sus facciones la delatan. A las cinco de la mañana sigue sonriente. La DJ Monika Krüsse hace retumbar los bafles. Pilar está a diez metros de la cabina, en la tienda, que ha llegado a facturar en una noche dos millones y medio de pesetas: “Ver a los jóvenes disfrutar me encanta. Antes las mujeres no podíamos ir solas, siempre nos acompañaba algún hombre que ni preguntaba qué querías tomar, porque las mujeres no bebían alcohol. Sólo gaseosa. Ahora hacen lo que quieren. ¡Si me hubiera pasado a mí, con lo que me gusta bailar!”.

Hay otros espacios. uno psicodélico y hortera, con house; un chill-out de rincones oscuros; otro minimalista, de teselas blancas; y una terraza con música latina. Joan Arnau (hijo) está intentando algo nuevo en la terraza: ha contratado camareros macizos y camareras parecidas a diosas mitológicas en su morfología, pero con dotes de actriz porno. Hablan y bailan con el público y llevan tangas diminutos y aceite en el cuerpo. En esta terraza todo es más convencional, como una discoteca de costa. Los camareros hacen suspirar a las jóvenes y las camareras mueven el culo a mil beats por minuto. Tres amigos, con camisetas que dicen “pesca extrema”, lo tienen difícil. Las afroditas están lejos de su alcance y sus iguales femeninos salivan con los camareros. Pero no desesperan. Las camisetas los avalan. Vuelvo a Nueva York y allí están Joan Arnau y su mujer MĒ Cruz Lasierra. Él es alto, cráneo afeitado, bigote y una sonrisa que se transforma en risa a la mínima. Ella es la prueba de que este negocio mantiene a la gente joven.

Quizá ayude el talante: el trato con los empleados es muy afable, incluso cuando no miro, y sorprende, porque trabajar en la noche es estar con una mosca detrás de la oreja. Gente como Antoniet –portero jubilado pero reenganchado por nostalgia– hacen que sea más fácil. Joan nos lo cuenta: “Si una chica necesita un támpax, ahí está Antoniet. Si alguien se marea, le echa agua y le pregunta: ‘Venga, ¿qué has tomado?’. Y como él, Francisca, que te cose el pantalón si se te rompe”. Son 90 empleados. Esto es como una casa enorme o una pequeña ciudad. Para Joan lo importante es que la gente disfrute. Si bailan, es buena señal. Está orgulloso de que Jeff Mills pase por allí todos los años: “Mills es un romántico, un filósofo del tecno. Le gusta venir. Cuando le dimos el libro –Florida 135, cultura de club, de Mariano Gistaín– contrató a un traductor para leerlo. Fuimos los primeros en traerlo a España, hace ocho años. Una vez, en abril, hicimos que una de las salas fuera como la feria de Sevilla. Tocaban Los Marismeños y todo el mundo doblaba palmas y cantaba. Entonces lo metí en el escenario. Tenías que haberle visto la cara”. Después se descojona. A su padre le gusta, pero no entiende que pida tres millones por sesión y tenga que viajar en primera. Para él, la rentabilidad importa. Se da vueltas con las manos a la espalda, paseando sus 76 años entre tangas y caderas perfectas, sin inmutarse, despacio. Después comenta preocupado: “Hay huecos”. Para su hijo Joan es un orgullo el pasado de Florida 135, pero nunca mejor que ahora: “No he visto a la gente disfrutar tanto como con la música electrónica. Es fácil de entender. Un concierto de rock es igual aquí y en Tokio. El DJ hace una sesión diferente cada vez. Un DJ ve al público y decide. Si es más joven, o hay más gays, se adapta. El mejor DJ no es el que pone mejor música, es el que lleva mejor la sesión. Si a las cinco de la mañana la gente empieza a irse, algo va mal”.
Sigo dando vueltas sin poder evitar ese fulgor extraño de las copas y los cuerpos que me hace verlo todo como un sueño del Gran Lebowsky. No suena Dylan, sino una versión house del Clandestino, de Manu Chao. Un guardia de seguridad me adelanta y se dirige a la terraza. Voy hasta allí: uno de los chicos de la pesca extrema increpa a uno de los camareros. No habrá aguantado la injusticia de no tener ni a las diosas ni a las plebeyas. Vuelvo a la pista principal. La precisión con que la DJ mueve a la gente es sorprendente. La calidad del sonido supera la de cualquier otro sitio donde haya estado. Subo las escalinatas. Allí me cruzo a Juan Arnau, paseando sus 76 años. Me sonríe y sigue caminando, con las manos a la espalda.

Diccionario dance
Rave: Reunión ilegal para bailar al aire libre. Por extensión, rave también se usa para las reuniones legales.
House: Ritmo de baile derivado del funk, soul, disco y el tecno-pop europeo. Surge a mediados de los ochenta en Chicago y toma su nombre del local Wharehouse.
Tecno: Música industrial con el bombo más acelerado que en el house. El tecno más simple y más rápido es la llamada mákina o bakalao. Aunque con influencias europeas, nace en Detroit.
Groove: En inglés, surco del vinilo. Define la sensualidad en la música y, por extensión, en cualquier cosa.
Cultura de club: Todo lo que rodea las sesiones de un DJ. Desde las revistas especializadas a la ropa o las bebidas. Para algunos, también se incluyen algunas drogas y hasta una manera de correrse.

Groove Parade 2003
El 19 de julio Florida 135 celebra en el desierto de los Monegros el Groove Parade, un día y una noche de electrónica. Está a 12 kms. de Fraga, en la finca de la decana de la familia, Joaquina, de 95 años. Ella rellena las bolsas de regalo a los asistentes, introduce la piruleta y mete en los sobres los 6.000 flyers que se reparten. Arnau hijo: “Vamos a desayunar, como un after, tras las sesiones en la discoteca. Empieza a las 6 de la tarde y acaba a las 2 de la tarde del día siguiente. Este año será el más completo hasta la fecha. Hace tres años fue terrible, pero la gente lo aceptó bien. Viento con arena. Es un desierto, hay que tenerlo en cuenta. Mills tuvo que colocar plásticos encima de los discos. Por la mañana a nadie se nos reconocía: todos marrones, llenos de polvo”. Mills está este año, junto a figuras como Richie Hawtin, Laurent Garnier, François K…


ANTONIO ORTEGA
FOTOGRAFÍAS: LUIS COBELO
 
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