|
A veces uno no está en ninguna parte. Un polvoriento autocar
con matrícula iraquí se abre paso a toda máquina
en la negrura del desierto, entre dos fronteras, en tierra de nadie.
En España es la una de la madrugada, en Siria son las dos
y en Irak, las tres, pero aquí en medio no es ninguna hora.
El vacío también se siente en el estómago.
Hace frío y huele a queroseno. Aparte de un horizonte minado,
algunos bidones quemados y un perro flaco de vez en cuando, no veo
un carajo. Sólo sé que la próxima vez que frenemos
será delante de un enorme retrato de Sadam Husein, signo
inequívoco de que hemos llegado al ojo del huracán,
al lugar donde nadie quiere ir. Será también la última
oportunidad, más vale tenerlo claro. El vehículo empieza
a reducir velocidad. Ahí está, ya lo veo. Viste caqui,
boina y bigote, como en South Park. Parece que te está mirando.
De hecho, te está mirando. Te está diciendo: Bienvenido
al lugar más peligroso del mundo.
Cuando me despierto la luz inunda el interior del autocar. Medio
dormido, hojeo el pasaporte. (Me encanta mirar los sellitos: he
llegado a estar días enteros haciéndolo). Después
de tres horas en la aduana (Operación Paciencia Infinita)
hemos conseguido entrar a Irak pero sin el sello en el pasaporte,
qué fastidio. En realidad ha sido todo un detalle el de los
aduaneros: no es fácil moverse por el mundo estigmatizado
con una visa del Eje del Mal. Irak tiene pocos amigos desde 1979,
año de la escalada de Sadam. Poco les ha ayudado una terrible
guerra con Irán (1980-88) y una torpe invasión a Kuwait
(1990), sucedida por siete años de exhaustivas inspecciones
de desarme y una nueva traca en 1998 (¿remember Lewinsky?).
Súmale el embargo, las sanciones y la demarcación
de las zonas de exclusión aérea Norte y Sur. Avanzamos
justamente entre una y otra, por una interminable carretera en línea
recta que corre paralela al tendido eléctrico. Así,
hasta Bagdad.
Llegamos a mediodía. Perdonadme, soy un maleducado: no he
presentado a mis compañer@s de viaje. Éste es un viaje
organizado por la Plataforma de Mujeres Contra la Violencia de Género,
y tiene el valiente fin de recordarle al Gobierno español
que sólo 5 de cada 100 ciudadanos se identifican con sus
patéticos delirios bélicos. Viajan músicos
(Cristina del Valle, Cristina Pato, Inma Serrano, Marina Rossell);
actrices (Pilar Ordóñez, Beatriz Bergamín,
Gemma Cuervo); escritoras (Dulce Chacón, Magda Bandera).
La testosterona también está representada: son los
cantautores Ángel Petisme y Luis Farnox (El Mecánico
del Swing). Somos 43, prensa incluida.
Nos llevan al Hotel Al Rasheed, bonito y de cierto lujo. Leyenda
urbana: al entrar pisas un retrato de Bush-padre tapado por una
alfombra. Me dan la 814. Subo, enciendo la tele, abro el minibar
para comerme el toblerone o las almendritas (no hay). Corro la cortina
y me encuentro una espléndida vista urbana de mezquitas con
cúpulas coloridas como helados. Llamo a una habitación
y escucho ruidos. Entonces recuerdo las palabras de una amiga: el
hotel está infestado de espías.
Para no meter la pata establecemos un lenguaje secreto. Si hablamos
de Bush diremos 'Antonio'. Los americanos serán 'los malagueños'.
Sadam será 'Mariano'. A Aznar le llamamos simplemente así:
Aznar. A los espías, dada su capacidad para camuflarse, les
llamamos 'mortadelos' o 'Mortadelo' a secas. ¿Micrófonos?
'Chinchetas'. ¿Cámaras? 'Boinas'. Pondré un
ejemplo ilustrativo de nuestras conversaciones en estos días:
- Pedazo de Mariano a tu derecha.
- Controla, boina a las tres y cuarto. Y Mortadelo a las seis en
punto.
- Dios mío, tengo uno en la cola.
Esto es lo que tiene venir a Irak.
Bagdad, fundada en el 762, conserva el influjo fascinante de haber
sido una de las capitales comerciales, culturales y esotéricas
del mundo. Desarrollada y elegante, huele a combustible -un litro
de gasolina = 2 pesetas- y a tiempos mejores. Tiene industria, palmeras
y mezquitas, bullicio y color. El mítico río Tigris.
Mucha mercancía de estraperlo contra el embargo. Arquitectónicamente
genial, Bagdad tiene algo del desarrollismo setentero-playero español,
y un montón de monumentos alucinantes, como naves y paisajes
de Star Wars. Tiene zonas tan kitsch que, por momentos,
hace pensar en un Las Vegas árabe (al bagdaguí le
van mucho las mangueras de luz). La estrella, claro está,
se llama Sadam Husein. Como los Madelman de antaño, hay un
Sadam para cada gusto: con trabuco, de civil, joven, maduro, con
señora, con jovencita, con niño, con caballo
Un paseo por los barrios populares al caer la tarde permite contactar
con una población simpática y generosa, cuya actividad
sigue como cada día. Bagdad parece tan segura que levanta
sospechas. Esto es un alivio: llevo en el bolsillo dos fajos de
billetes como dos ladrillos, el equivalente en dinares a unos ¡cinco
euros! Con el tiempo descubriré que no sé en qué
gastarlos. Empiezo con té y pastelillos, especias y alcohol.
Vuelvo al hotel. Conozco a Vladimir, un fotógrafo ruso con
el cuerpo lleno de vodka que me recuerda a Dennis Hopper en Apocalypse
Now y me cuenta que su abuelo peleó por la República
Española. Después, en mi habitación y, en alegre
compañía, vacío la mitad de mi reserva de whisky.
Dormir espiado es como dormir en una cama con ladillas: te pica
todo. Oyes ruidos, escuchas pasos, la habitación cruje. Te
incorporas. Escribes. Ves la tele. Bebes más. Gran Hermano
Por Cojones. Como se puede comprender, el onanismo se descarta,
a menos que te erotice la idea de tener al otro lado del espejo
a un bigotudo. Al final caes rendido y ellos, triunfales, se meten
en tu cabeza, en la sustancia que amalgama tus sueños.
El cielo de Bagdad amanece azul. Decido que es inconcebible que
esto vaya a ser bombardeado en días o semanas. Lo curioso
es que me siento más tranquilo que en España. Es como
si fuera consciente de la amenaza pero sintiera que Irak está
en otra parte. Tal vez eso es lo que nos pasa en el Mundo Rico:
estamos tan acostumbrados a que el drama esté en otra parte,
que cuando nos desplazamos a esa otra parte, seguimos creyendo que
el conflicto está en otro lugar.
Bajo a desayunar y vuelvo a ver a Vladimir, pero está sobrio
y avergonzado. Una compañera de la radio me insinúa
que le interesa la ventana de mi habitación: mira al Sur
y es ideal para retransmitir. Lleva un teléfono-satélite
con el que realiza sus partes. Le digo que vale y, con discreción
infrinjo las normas, y le paso mi llave. Me voy.
Inténtalo, ya lo verás: no se puede ir a Irak por
libre. Toda visita es oficial, y como tal comprende visitas oficiales.
Si lo pides y tienes mucha suerte puede que te reciba un alto cargo
como Tarek Aziz en alguno de los fastuosos palacios tipo 1001 noches.
Te llevarán a un hospital como el Al Mansour; se te helará
la sangre al ver los efectos del uranio empobrecido aliado sobre
niños envenenados por el cáncer y la leucemia. Visitarás
el refugio nuclear de Al-Siriya, bombardeado por Estados Unidos
en 1998. Los muertos siguen allí: su piel está espantosamente
pegada a la pared y al suelo. ‘Daños colaterales’,
ya sabes.
Hoy echamos la tarde en el centro de prensa. Imagínate una
cobertura informativa como la de 100 conciertos de U2. Todos c0n
su acreditación, ‘backstage’ con acceso a todas
las áreas de la preguerra. Veo todas las siglas informativas
del mundo: RR, SER, IHA, LBC, RTL, TVE, NRK, ORF… Hay asiáticos,
rusos, americanos, europeos, árabes. También está
la mujer de Le Pen, que ha montado una ONG –¡con un
par!– y ha declarado ayer –con otro par–: “Mi
marido no es racista, sólo trata de decir que es mejor que
la gente se quede en su país”. Madame Le Pen aprovecha
y presenta su libro SOS Children of Iraq (total: tres pares). No
se puede fumar en la sala.
Lo creas o no, hemos venido a ver la tele: Colin Powell, croupier
de una gran ruleta, deberá dar un argumento que justifique
lo que posiblemente figurará en los libros de texto de 2020
como Tercera Guerra Mundial. ¡Ahí está! Políticos
y periodistas guardamos silencio total.
Mientras Powell desgrana su discurso se van deslizando por el margen
inferior de la pantalla distintos mensajes: Israel, dos muertos...
Talibanes intentan suicidarse en Guantánamo... Aparecen restos
del astronauta israelí... FIAT sube... Commerzbank baja...
Me sacan de mis cavilaciones las carcajadas en la sala. Una de las
pruebas de EE UU es una llamada telefónica en la que alguien
encarga ‘agentes nerviosos’ como quien pide una pizza.
Ahora veo en el monitor algo más familiar: el mundo entero
ve lo que sucede en esta sala: nos ve a nosotros. Desde aquí
yo también veo el mundo. Estoy en el ojo del huracán.
Me siento tentado de saludar. De deciros: Queridos lectores, todo
está a punto de irse a tomar por culo, escojed vuestras parejas
y a follar, que son dos días. Powell termina. Nos dan unas
cajitas con un bocata, un plátano, un pastelito de pistacho
y una Pepsi.
Llego a mi habitación y me encuentro el cartel de ‘Do
Not Disturb’. Yo no lo he dejado. Entro en todo caso. Varias
cosas han cambiado de sitio solas. Bajo a leer mis e-mails. No se
puede. “No se puede abrir ningún portal internacional”,
me explica amable el empleado. “El Pentágono”,
argumenta. Pido un narguile y fumo un delicioso tabaco con sabor
a manzana. Cae el sol. Recuerdo que cuando era pequeño jugaba
a un juego de mesa llamado Petrópolis. Era como el Monopoly,
pero no comprabas calles sino países: los países del
petróleo. Así supe yo que había naciones con
nombres tan raros como Qatar o Abu Dabhi. Los más caros eran
Arabia Saudí (un millón de petrodólares) e
Irán (750.000). Irak costaba alrededor de 700.000. Me pregunto
si en sus orígenes, el Petrópolis sería un
juguete de exclusivo uso militar. Como Internet.
Bagdad despierta cubierta de smog. Vuelve a empezar lo que durante
estos días se ha convertido en una especie de rutina: leer
el Iraq Daily, comer (kebab-o-pollo), dar una vuelta –veo
una trinchera en medio de una calle–, tomar café a
la turca. Ayer las chicas de la Plataforma protagonizaron un acto
singular: tomaron la embajada española y la empapelaron con
consignas de paz. Esta noche realizan un acto menos simbólico:
ofrecen, en un teatro, un concierto por la paz.
“Salam, Irak”, anuncia Cristina del Valle. “Esta
noche todas las españolas son iraquíes. Estas son
nuestras armas: la palabra y la música”. La noche alcanza
momentos intensos, como cuando Cristina Pato, la gaitera del pelo
verde, interpreta una pieza al piano junto a una instrumentista
del lugar. Las actrices leen versos elegidos de Al-Bayati, uno de
los grandes rapsodas iraquíes. Una chica del público
me mira y sonríe, haciendo ver que el lenguaje de la seducción
no conoce fronteras. Me acerco a ella. Simpática, culta,
guapa. Habla inglés bastante bien. Sabe tres palabras en
español, ‘sí’ y ‘te quiero’.
No, cuatro: ‘morena’. Enrique Iglesias tiene algo que
ver en el asunto. Trabaja en una empresa de químicos, y en
unos meses espera marcharse a los Emiratos. Se ofrece a darme una
vuelta por la ciudad después del concierto. Acepto, obviamente.
Me hago ilusiones: por algún motivo inexplicable, estos días
he tenido menos sexo que los muñequitos de los semáforos.
Pero de repente sucede algo inesperado. Ella comienza a torcer el
gesto y a hablar con la boca pequeña mirando para otro lado.
“Hay algunas cosas de mi país que no me gustan, tradiciones
muy antiguas”, me dice. “Aquí hay gente a la
que no le gusta que hablemos con los extranjeros”. Y entonces
noto –y esto no es una metáfora– el aliento de
Mortadelo en la nuca. Todo ha terminado. Joven princesa de Bagdad,
un día volveremos a encontrarnos y nada podrá separarnos.
Salgo del local gloriosamente derrotado, caminando con la solapa
del abrigo hacia arriba como James Dean en el cartel de Boulevard
of Broken Dreams, bajo una luna que parece la rodaja de limón
de un gin-tonic.
|