Rolling Stone
NÚMERO 41 .: MARZO 2003
 
 
Asuntos Internos
 
 


 
 



 
 
Asuntos internos
 

¿Te atreverías a ir de vacaciones a la 'peligrosa' ciudad de Bagdad?

¿Qué harías tú en un ataque preventivo de George Bush?

 

A veces uno no está en ninguna parte. Un polvoriento autocar con matrícula iraquí se abre paso a toda máquina en la negrura del desierto, entre dos fronteras, en tierra de nadie. En España es la una de la madrugada, en Siria son las dos y en Irak, las tres, pero aquí en medio no es ninguna hora. El vacío también se siente en el estómago. Hace frío y huele a queroseno. Aparte de un horizonte minado, algunos bidones quemados y un perro flaco de vez en cuando, no veo un carajo. Sólo sé que la próxima vez que frenemos será delante de un enorme retrato de Sadam Husein, signo inequívoco de que hemos llegado al ojo del huracán, al lugar donde nadie quiere ir. Será también la última oportunidad, más vale tenerlo claro. El vehículo empieza a reducir velocidad. Ahí está, ya lo veo. Viste caqui, boina y bigote, como en South Park. Parece que te está mirando. De hecho, te está mirando. Te está diciendo: Bienvenido al lugar más peligroso del mundo.

Cuando me despierto la luz inunda el interior del autocar. Medio dormido, hojeo el pasaporte. (Me encanta mirar los sellitos: he llegado a estar días enteros haciéndolo). Después de tres horas en la aduana (Operación Paciencia Infinita) hemos conseguido entrar a Irak pero sin el sello en el pasaporte, qué fastidio. En realidad ha sido todo un detalle el de los aduaneros: no es fácil moverse por el mundo estigmatizado con una visa del Eje del Mal. Irak tiene pocos amigos desde 1979, año de la escalada de Sadam. Poco les ha ayudado una terrible guerra con Irán (1980-88) y una torpe invasión a Kuwait (1990), sucedida por siete años de exhaustivas inspecciones de desarme y una nueva traca en 1998 (¿remember Lewinsky?). Súmale el embargo, las sanciones y la demarcación de las zonas de exclusión aérea Norte y Sur. Avanzamos justamente entre una y otra, por una interminable carretera en línea recta que corre paralela al tendido eléctrico. Así, hasta Bagdad.

Llegamos a mediodía. Perdonadme, soy un maleducado: no he presentado a mis compañer@s de viaje. Éste es un viaje organizado por la Plataforma de Mujeres Contra la Violencia de Género, y tiene el valiente fin de recordarle al Gobierno español que sólo 5 de cada 100 ciudadanos se identifican con sus patéticos delirios bélicos. Viajan músicos (Cristina del Valle, Cristina Pato, Inma Serrano, Marina Rossell); actrices (Pilar Ordóñez, Beatriz Bergamín, Gemma Cuervo); escritoras (Dulce Chacón, Magda Bandera). La testosterona también está representada: son los cantautores Ángel Petisme y Luis Farnox (El Mecánico del Swing). Somos 43, prensa incluida.

Nos llevan al Hotel Al Rasheed, bonito y de cierto lujo. Leyenda urbana: al entrar pisas un retrato de Bush-padre tapado por una alfombra. Me dan la 814. Subo, enciendo la tele, abro el minibar para comerme el toblerone o las almendritas (no hay). Corro la cortina y me encuentro una espléndida vista urbana de mezquitas con cúpulas coloridas como helados. Llamo a una habitación y escucho ruidos. Entonces recuerdo las palabras de una amiga: el hotel está infestado de espías.

Para no meter la pata establecemos un lenguaje secreto. Si hablamos de Bush diremos 'Antonio'. Los americanos serán 'los malagueños'. Sadam será 'Mariano'. A Aznar le llamamos simplemente así: Aznar. A los espías, dada su capacidad para camuflarse, les llamamos 'mortadelos' o 'Mortadelo' a secas. ¿Micrófonos? 'Chinchetas'. ¿Cámaras? 'Boinas'. Pondré un ejemplo ilustrativo de nuestras conversaciones en estos días:

- Pedazo de Mariano a tu derecha.
- Controla, boina a las tres y cuarto. Y Mortadelo a las seis en punto.
- Dios mío, tengo uno en la cola.

Esto es lo que tiene venir a Irak.

Bagdad, fundada en el 762, conserva el influjo fascinante de haber sido una de las capitales comerciales, culturales y esotéricas del mundo. Desarrollada y elegante, huele a combustible -un litro de gasolina = 2 pesetas- y a tiempos mejores. Tiene industria, palmeras y mezquitas, bullicio y color. El mítico río Tigris. Mucha mercancía de estraperlo contra el embargo. Arquitectónicamente genial, Bagdad tiene algo del desarrollismo setentero-playero español, y un montón de monumentos alucinantes, como naves y paisajes de Star Wars. Tiene zonas tan kitsch que, por momentos, hace pensar en un Las Vegas árabe (al bagdaguí le van mucho las mangueras de luz). La estrella, claro está, se llama Sadam Husein. Como los Madelman de antaño, hay un Sadam para cada gusto: con trabuco, de civil, joven, maduro, con señora, con jovencita, con niño, con caballo…

Un paseo por los barrios populares al caer la tarde permite contactar con una población simpática y generosa, cuya actividad sigue como cada día. Bagdad parece tan segura que levanta sospechas. Esto es un alivio: llevo en el bolsillo dos fajos de billetes como dos ladrillos, el equivalente en dinares a unos ¡cinco euros! Con el tiempo descubriré que no sé en qué gastarlos. Empiezo con té y pastelillos, especias y alcohol.

Vuelvo al hotel. Conozco a Vladimir, un fotógrafo ruso con el cuerpo lleno de vodka que me recuerda a Dennis Hopper en Apocalypse Now y me cuenta que su abuelo peleó por la República Española. Después, en mi habitación y, en alegre compañía, vacío la mitad de mi reserva de whisky.

Dormir espiado es como dormir en una cama con ladillas: te pica todo. Oyes ruidos, escuchas pasos, la habitación cruje. Te incorporas. Escribes. Ves la tele. Bebes más. Gran Hermano Por Cojones. Como se puede comprender, el onanismo se descarta, a menos que te erotice la idea de tener al otro lado del espejo a un bigotudo. Al final caes rendido y ellos, triunfales, se meten en tu cabeza, en la sustancia que amalgama tus sueños.

El cielo de Bagdad amanece azul. Decido que es inconcebible que esto vaya a ser bombardeado en días o semanas. Lo curioso es que me siento más tranquilo que en España. Es como si fuera consciente de la amenaza pero sintiera que Irak está en otra parte. Tal vez eso es lo que nos pasa en el Mundo Rico: estamos tan acostumbrados a que el drama esté en otra parte, que cuando nos desplazamos a esa otra parte, seguimos creyendo que el conflicto está en otro lugar.

Bajo a desayunar y vuelvo a ver a Vladimir, pero está sobrio y avergonzado. Una compañera de la radio me insinúa que le interesa la ventana de mi habitación: mira al Sur y es ideal para retransmitir. Lleva un teléfono-satélite con el que realiza sus partes. Le digo que vale y, con discreción infrinjo las normas, y le paso mi llave. Me voy.

Inténtalo, ya lo verás: no se puede ir a Irak por libre. Toda visita es oficial, y como tal comprende visitas oficiales. Si lo pides y tienes mucha suerte puede que te reciba un alto cargo como Tarek Aziz en alguno de los fastuosos palacios tipo 1001 noches. Te llevarán a un hospital como el Al Mansour; se te helará la sangre al ver los efectos del uranio empobrecido aliado sobre niños envenenados por el cáncer y la leucemia. Visitarás el refugio nuclear de Al-Siriya, bombardeado por Estados Unidos en 1998. Los muertos siguen allí: su piel está espantosamente pegada a la pared y al suelo. ‘Daños colaterales’, ya sabes.

Hoy echamos la tarde en el centro de prensa. Imagínate una cobertura informativa como la de 100 conciertos de U2. Todos c0n su acreditación, ‘backstage’ con acceso a todas las áreas de la preguerra. Veo todas las siglas informativas del mundo: RR, SER, IHA, LBC, RTL, TVE, NRK, ORF… Hay asiáticos, rusos, americanos, europeos, árabes. También está la mujer de Le Pen, que ha montado una ONG –¡con un par!– y ha declarado ayer –con otro par–: “Mi marido no es racista, sólo trata de decir que es mejor que la gente se quede en su país”. Madame Le Pen aprovecha y presenta su libro SOS Children of Iraq (total: tres pares). No se puede fumar en la sala.
Lo creas o no, hemos venido a ver la tele: Colin Powell, croupier de una gran ruleta, deberá dar un argumento que justifique lo que posiblemente figurará en los libros de texto de 2020 como Tercera Guerra Mundial. ¡Ahí está! Políticos y periodistas guardamos silencio total.

Mientras Powell desgrana su discurso se van deslizando por el margen inferior de la pantalla distintos mensajes: Israel, dos muertos... Talibanes intentan suicidarse en Guantánamo... Aparecen restos del astronauta israelí... FIAT sube... Commerzbank baja... Me sacan de mis cavilaciones las carcajadas en la sala. Una de las pruebas de EE UU es una llamada telefónica en la que alguien encarga ‘agentes nerviosos’ como quien pide una pizza. Ahora veo en el monitor algo más familiar: el mundo entero ve lo que sucede en esta sala: nos ve a nosotros. Desde aquí yo también veo el mundo. Estoy en el ojo del huracán. Me siento tentado de saludar. De deciros: Queridos lectores, todo está a punto de irse a tomar por culo, escojed vuestras parejas y a follar, que son dos días. Powell termina. Nos dan unas cajitas con un bocata, un plátano, un pastelito de pistacho y una Pepsi.
Llego a mi habitación y me encuentro el cartel de ‘Do Not Disturb’. Yo no lo he dejado. Entro en todo caso. Varias cosas han cambiado de sitio solas. Bajo a leer mis e-mails. No se puede. “No se puede abrir ningún portal internacional”, me explica amable el empleado. “El Pentágono”, argumenta. Pido un narguile y fumo un delicioso tabaco con sabor a manzana. Cae el sol. Recuerdo que cuando era pequeño jugaba a un juego de mesa llamado Petrópolis. Era como el Monopoly, pero no comprabas calles sino países: los países del petróleo. Así supe yo que había naciones con nombres tan raros como Qatar o Abu Dabhi. Los más caros eran Arabia Saudí (un millón de petrodólares) e Irán (750.000). Irak costaba alrededor de 700.000. Me pregunto si en sus orígenes, el Petrópolis sería un juguete de exclusivo uso militar. Como Internet.

Bagdad despierta cubierta de smog. Vuelve a empezar lo que durante estos días se ha convertido en una especie de rutina: leer el Iraq Daily, comer (kebab-o-pollo), dar una vuelta –veo una trinchera en medio de una calle–, tomar café a la turca. Ayer las chicas de la Plataforma protagonizaron un acto singular: tomaron la embajada española y la empapelaron con consignas de paz. Esta noche realizan un acto menos simbólico: ofrecen, en un teatro, un concierto por la paz.
“Salam, Irak”, anuncia Cristina del Valle. “Esta noche todas las españolas son iraquíes. Estas son nuestras armas: la palabra y la música”. La noche alcanza momentos intensos, como cuando Cristina Pato, la gaitera del pelo verde, interpreta una pieza al piano junto a una instrumentista del lugar. Las actrices leen versos elegidos de Al-Bayati, uno de los grandes rapsodas iraquíes. Una chica del público me mira y sonríe, haciendo ver que el lenguaje de la seducción no conoce fronteras. Me acerco a ella. Simpática, culta, guapa. Habla inglés bastante bien. Sabe tres palabras en español, ‘sí’ y ‘te quiero’. No, cuatro: ‘morena’. Enrique Iglesias tiene algo que ver en el asunto. Trabaja en una empresa de químicos, y en unos meses espera marcharse a los Emiratos. Se ofrece a darme una vuelta por la ciudad después del concierto. Acepto, obviamente. Me hago ilusiones: por algún motivo inexplicable, estos días he tenido menos sexo que los muñequitos de los semáforos. Pero de repente sucede algo inesperado. Ella comienza a torcer el gesto y a hablar con la boca pequeña mirando para otro lado. “Hay algunas cosas de mi país que no me gustan, tradiciones muy antiguas”, me dice. “Aquí hay gente a la que no le gusta que hablemos con los extranjeros”. Y entonces noto –y esto no es una metáfora– el aliento de Mortadelo en la nuca. Todo ha terminado. Joven princesa de Bagdad, un día volveremos a encontrarnos y nada podrá separarnos. Salgo del local gloriosamente derrotado, caminando con la solapa del abrigo hacia arriba como James Dean en el cartel de Boulevard of Broken Dreams, bajo una luna que parece la rodaja de limón de un gin-tonic.
 

BRUNO GALINDO

 
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