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Una intuición particular: éste es el disco que Extremoduro
debió editar tras Agila. Un disco de canciones bien
cinceladas y tocadas con contundencia. Y tiene el detallito de un
DVD extra con dos vídeos y fragmentos de un concierto que
reflejan la curiosa experiencia que son en vivo.
Aquí encuentras Robe Iniesta pata negra. Es decir, el poeta
del amor loco y el colocón perpetuo. También intenta
hacer honor a su desvaída leyenda de insurgente contra el
mundo pero, ay, ya no suena muy convincente: "¿Quién
va a meterse por el culo/ mi libertad de expresión/ cuando
diga que me cago en la Constitución?/ Nadie puede escaparse
si todo es una prisión/ ¿Por qué coño
hay tantos maderos a mi alrededor?". (Luce la obscuridad).
Tranquilo: decían los negros que no salen muy buenos blues
cuando uno es millonario.
Ya se sabe, el secreto del éxito en el rock consiste en
hallar la fórmula personal y desarrollarla con habilidad
(hasta que el personal se cansa). En Yo, minoría absoluta
está todo lo que amamos de Extremoduro: los brutales acelerones,
las canciones que crecen dinámicamente, las leves pinceladas
de instrumentos ajenos, los versos de pregunta/respuesta, las apropiaciones
de poetas toca Lorca en su discurso, la combinación
de hallazgos poéticos con crudeza expresiva ("¡Hoy
te la meto hasta las orejas/ solito con mover las cejas!").
Luce la obscuridad exhibe un coro femenino y un cierto aire
jazzy pero, vaya, desbarra con una estrofa sobre los cajagones de
los burros. Supongo que forma parte de su estrategia "vamos
a escandalizar a estos finolis" pero repatea tanta escatología.
Está justificada en Menamoro, vibrante himno a los
minoristas del contrabando ("De Colombia hasta Tailandia/
y nos llaman los culeros/ que traemos dentro del culo/ un pedacito
de cielo"), pero aburre tanto deleite en pasarnos la mierda
por la cara.
Sí, esas groserías de Extremoduro están calculadas
para irritarnos. Robe es uno de los tipos más astutos del
rock nacional: controla al céntimo los dineros de sus bolos,
tiene a una multi a su disposición, pasa de promoción
y su peculiar acracia ni siquiera le obliga a dar conciertos antiglobalización.
Ejerce de garrulo orgulloso: se marca una canción tan tierna
como Cerca del suelo ("¿Mira qué bar
más bonito! ¡Podemos emborracharnos!/ Estaba lleno
de amigos y empezaron a invitarnos/ se puso a cantar el Fito y nos
fuimos dando saltos") y lo fastidia con La vieja,
humor de pueblo que podía haberse quedado para una noche
de juerga. ¡Qué perro es el Robe!: retoza en la basura
para que no se nos ocurra entronizarle como Artista.
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