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La Marta Sánchez que me abre la puerta de su casa mientras
despide a sus obreros no da, para nada, el tipo de la rubia ingenua
y tonta, sino todo lo contrario. Lo primero que sorprende es su
físico estilizado; sin llegar a frágil, Marta es mucho
más esbelta de lo que fotos y televisión dan a entender.
De negro, con tacones altos y una rebequita con volantes en el cuello
y puños, su célebre melena decolorada recogida a la
negligé y sin maquillaje, da sensación de elegancia,
salud y confianza en sí misma. Mucha confianza en sí
misma.
- ¿Qué quieres tomar?
- Agua, gracias.
- ¿Sólo agua? ¿No me dejas invitarte a nada
más? ¿Una coca-cola?
- No, gra...
- ...¡Es light!
Marta ya se ha metido en la cocina. La sigo. Acostumbrada a tratar
con periodistas y curiosos desde que era casi una adolescente, sabe
hacerte sentir como en casa. Tiene un trato muy natural, agradable
y es correcta hasta lo convencional. La cocina es toda blanca y
la nevera tiene el aparatito ése de servir el hielo, al que
nunca le he visto utilidad porque yo nunca le pongo hielo a nada.
La sala donde me recibe es preciosa, muy espaciosa, muebles buenos
con mucha madera sólida elegidos por alguien acostumbrado
a las cosas de calidad.
Un sillón tapizado de leopardo es el detalle extravagante,
pero no es el leopardo que tendrían en su casa Fanny McNamara
o Paco Clavel. Es un leopardo aterciopelado, en tonos castaños,
cálido y de buen gusto. También hay varios cojines
a juego. Un cuadro de Frida Kahlo, seguramente original, y dos figuras
románicas, con pinta de ser antiquísimas. El toque
personal lo ponen muchas fotos enmarcadas, suyas y de su familia,
y una guitarra en un sillón, nada más cruzar la puerta,
dando la bienvenida a quien llega. Es una Takamine acústica,
es decir, la guitarra que se compra alguien eminentemente práctico
que quiere evitarse los problemas que dan las delicadas guitarras
artesanales.
"¡Enhorabuena! He escuchado cuatro canciones de tu nuevo
disco y creo que cantas mejor que nunca", le digo sinceramente.
"Gracias", responde sin darle importancia.
Me hace escuchar otra canción en un lector de CDs de los
que se mete el disco en el altavocito mismo. Marta tiene todos los
adelantos. Me avisa de que no vamos a escuchar nada más porque
la música le distrae de la conversación. Lo agradezco
porque es algo embarazoso oír un disco delante de quien lo
ha hecho.
Marta tiene el cuello dolorido y me pide permiso para ponerse un
collarín. Estamos sentadas a una mesa y parece incómoda,
cambiando a menudo de postura. Al principio, la conversación
es afable, pero no relajada. Marta está acostumbrada a las
típicas entrevistas promocionales, intrascendentes y de compromiso
y me hace sentir como si le estuviera dando la lata. A lo largo
de la tarde, Marta se mostró, a mi parecer, más sincera
que nunca, y reconozco que resultó francamente agradable
hablar con ella. ¡Aparte de lo que mola que te abra la puerta
de su casa el único icono sexy del pop español!
"Es que tú quieres saber muchos detalles", se
queja. También se medio enfada conmigo porque no me había
enterado de que es autora de muchas de sus canciones y pienso que
la mayor parte de la gente tampoco lo sabe. Le digo, con suavidad,
que opino que
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su carrera en solitario ha estado muy mal llevada. De buenas a
primeras, se opone rotundamente: "¡He estado muy bien
llevada! Al menos hasta que entró el equipo nuevo en mi anterior
casa de discos. El último disco ha sido el que peor llevado
ha estado. Hay mucha gente que no sabe, aquí en España,
que yo he vendido un millón de copias con Desesperada, cuatrocientas
mil o medio millón con Mi mundo y otras cuatrocientas con
Azabache".
¿Por qué has pasado tres años y medio sin
grabar?
Primero por el cambio de compañía... Después,
se ha tardado en elegir el repertorio cerca de dos años.
Me han estado llegando muchísimas canciones nuevas... ¡Esta
mesa es odiosa! Estoy pensando en cambiar...
Marta se remueve molesta con su collarín y sus dolores.
Dentro de poco tiene una cita con su masajista. La chica de la compañía
de discos, con quien parece tener un trato amistoso, le trae uno
de los cojines de leopardo. Es acogida con agradecimiento: "Es
que parezco una ancianita".
¿Nos cambiamos de sitio?
No, con el respaldo recto estoy bien. ¿Qué estaba
diciendo?
Hablábamos de cómo empezaste a trabajar el disco.
Las primeras canciones fueron cuatro que hice yo, aquí
en casa, en el sótano, con un músico jamaicano que
vive en Nueva York. En el el disco van a entrar dos. Una tiene letra
mía, Noche tras día, y la otra es la mitad de la música
y la letra mías. Se llama El país de Nunca Jamás.
¿Por qué se desecharon las otras, dejaron de gustarte?
¡No, coño!... Yo trabajé como una negra. Lo
que pasa es que, al final, o surgen mejores canciones o a la compañía
no le convencen del todo y se descartan. Eso le pasa a cualquier
artista. Luego, empezaron a venirme por otro lado canciones que
se quedaban en stand by, y después llegaron las de Christian
De Walde que desbancaron totalmente a las otras. Christian es el
productor que trabaja conmigo desde que hago carrera en solitario.
Después apareció Brian Rowling, que es el productor
de Cher, y suyo es el tema que da título al disco con letra
mía. Se llama Soy yo.
¿Cómo te sientes más a gusto: cantando
lo que tú compones o cantando las canciones que te hacen
otros?
¡Hombre, las que compongo yo son mis hijas!... Pero también
quiero a las que tienen magia y me pueden dar ocasión de
lucirme.
¿Hasta qué punto te dejas llevar por músicos
y productores y hasta qué punto dices: Se hace lo que
yo digo?
Yo soy muy mandona.
Tienes fama, por eso te lo preguntaba. En este disco, ¿cuántas
veces te has plantado?
¡En todas las canciones! Voy viendo los arreglos y digo
lo que no me gusta y lo que sí. Me involucro en todo, en
música, en diseño de portadas... La mayoría
de mis portadas las he hecho yo. Este año la está
haciendo un estudio, pero la portada de Mi mundo es diseño
mío y la de Mujer también.
¿Crees que eres respetada como mereces? Eres, sin duda,
muy popular, pero... ¿respetada?
Empiezo a serlo.
¿Empiezas, después de... 14 años?
...Dieciocho años, llevo. Empecé con 19 años
y tengo 37. Voy a hacer 18 años en la música.

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