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Después de presentarse, en 1989, como un clon de Jimi Hendrix,
el exceso de encajes, plumas y abalorios convirtió a Lenny
Kravitz en algo más parecido a Cher. La nación del
rock no sabía dónde meterle: ¿Era un poeta
y cantante sensible, un histrión sin cerebro, un histrión
libidinoso o uno de esos tíos cachas de Los Ángeles
que han visto Purple Rain más de la cuenta? Lo cierto es
que seguimos hablando de él, 12 años más tarde.
Kravitz se ha obstinado en recrear, minuciosamente, el rock de garito
de 1972, logrando un éxito tras otro. A veces, los temas
son magníficos (Again); en otras ocasiones, suenan exactamente
igual que American Woman (Fly Away), y, de vez en cuando, son, efectivamente,
American Woman. Pero, si este hombre se ha sentido avergonzado alguna
vez, no hay testigos que lo certifiquen.
En su nuevo álbum, titulado, absurda pero, inevitablemente,
Lenny, el cantante combina la ambición de una estrella del
rock con la modestia de un artesano de la música. Los ejemplos
de expresión personal y las ideas originales escasean, como
de costumbre. Kravitz no es un innovador, y ni siquiera es uno de
los grandes imitadores. Pero se ha mantenido fiel al estilo de los
setenta. Ha tenido que aprender el oficio, evitar los recursos menos
afortunados (las imitaciones de Prince, Sly Stone y Earth, Wind
& Fire), y concentrarse en su verdadera vocación, que
es imitar a Aerosmith, Foghat y Bachman-Turner Overdrive. Es un
cantante pop, y eso significa que sus temas sólo tienen sentido
cuando se escuchan en un lugar público: preferiblemente un
coche o un centro comercial. Again, una balada excesiva y anónima,
fue su tema más convincente y el corolario ideal para su
álbum de grandes éxitos del año pasado. En
una canción para incondicionales del retro, los detalles
personales son un estorbo.
No hay nada en el nuevo álbum que pueda equipararse con
Again, pero Kravitz se esfuerza, obstinadamente, por alcanzar ese
techo creativo. Hace falta todo el descaro de una estrella del rock
para poner el título Yesterday Is Gone a una balada que recuerda
a Bon Jovi en los tiempos de 7800° Fahrenheit y, por lo demás,
Kravitz es el único cantante vivo capaz de decir "abre
tus alas y déjate llevar por la marea"; un verso que,
por mucho que se fuerce el idioma, resulta perfectamente incomprensible.
Como nunca dice ni hace nada que pueda suscitar la menor polémica,
su himno Lets Get High ("vamos a colocarnos"), puede
hacer referencia a tres tipos de droga: l). El poder del amor. 2).
El espíritu de la paz.
3). La luz, la verdad y la armonía que nacen del espíritu
apacible del amor. (La respuesta acertada es la l. En sus tiempos,
ésa fue también la droga preferida de Huey Lewis y
su The Power Of Love).
Como de costumbre, Kravitz toca fondo precisamente cuando intenta
renovarse: las chapuzas hip-hop de la producción no hacen
más que demostrar su apego a la década de los setenta.
Lo mejor del disco son los grandes riffs de Dig In, Bank Robber
Man y If I Could Fall In Love. A pesar de la accidental pertinencia
de Battlefield Of Love, Lenny no tiene nada que decir sobre nuestro
tiempo. Su proclama God Save Us All tiene el tono de un sermón
inconsistente. Lo que nos impresiona de ese tema es la reproducción,
minuciosa hasta el último detalle, de la guitarra de Joe
Walsh en Rocky Mountain Way. Kravitz es tan torpe y afectado como
cualquiera de los imitadores de Hendrix, pero en este disco asume
por completo su papel de nuevo Joe Walsh: un guitarrista rockero
para un público pop. Ese territorio ya es exclusivamente
suyo.
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